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Nuestras emociones tienen un efecto fuerte sobre nuestra elección de alimentos y también sobre los hábitos alimentarios. Incluso hay evidencia de que la influencia de las emociones sobre la conducta alimentaria es más fuerte en las personas que hacen dieta en relación a las personas que no.

Todos comemos por emociones. Es parte de los circuitos fisiológicos de la alimentación.   El problema es cuánto y cada cuánto recurrimos a la comida por emociones. La forma en que afrontamos las emociones y qué hacemos con ellas, es el puntapié de nuestras decisiones y relación con la comida. Comer saludable y hacer ejercicio físico regular es un buen hábito pero conectarnos con nosotros mismos, parece ser una tarea difícil.

Sentirnos emocionalmente complicados, puede hacer que tengamos un hambre devoradora o que seamos incapaces de probar bocado. Podemos estar pensando en la comida diariamente o también podemos estar distraídos y olvidarnos de comer.               Lo que sí es cierto, es que siempre estamos en búsqueda del placer: vía dopamina, la hormona del placer.

Por eso, lo aconsejable es “comer conscientes”. La mayoría de nosotros no somos conscientes de nuestra actitud compulsiva hacia la comida, y es justamente eso lo que provoca que las emociones sean tan fuertes. Las emociones negativas, la ansiedad y el estrés; están presentes en, por lo menos, la mayoría de nosotros.

Busquemos reconectarnos con nosotros mismos. ¿Luchar contra el hambre y la ansiedad? NO… mejor seamos alegremente conscientes. Cuando prestamos atención plena a nuestro cuerpo y mente, la satisfacción es más fácil de alcanzar. Y las emociones negativas, no harán tanta fuerza.

Te aconsejamos siempre consultar con un profesional especialista de tu confianza.

 

Dra. Raquel Medina.
Médica Clínica y Nutricionista especialista en Obesidad.
M.N. 105298