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¡Hay que besarse más!

¡Hay que besarse más!

 

Cuando hace 15 años me casé con Álvarez, César, el cura que nos casó, nos dio un único consejo contundente: “Nunca dejen de tocarse”.

Recuerdo que en ese momento la frase me sonó extraña, o, tal vez, lo que me hacía ruido era la intención que se asomaba astuta detrás de la frase.

No había júbilo. Había alerta.

Las palabras eran acertadas, pero tenían algo de premonitorio.

Era como si me estuviesen haciendo un regalo, aunque para más adelante.

Era obvio: César había casado a muchas parejas.

Era obvio: César había conversado con muchos casados.

Es común, en los primeros largos meses del enamoramiento, encontrarnos enredados con el otro, las piernas se nos cruzan solas: las tuyas sobre las mías y las mías sobre las tuyas. ¡Tipo trenza! Los pies se encuentran como si estuvieran imantados. Los besos son más largos y jugosos; y los abrazos no corren, se entregan. Mientras el otro habla, hay beso de espalda y si te descuidas, también liga la oreja. Las miradas son cómplices. Por ser equipo, claro; no, para marcar errores.

¿En los sillones? Abrazados y calentitos.

¿La sensación? Estar envueltos en una enorme manta de lana de alpaca o vicuña. ¡La que más te guste!

Los expertos calman diciendo que las pasiones son cortas y que el amor se transforma en rutina. La explicación racional a cómo se pasa de “Es el amor de mi vida” a “Hacemos un buen equipo”.

Es normal que la cosa merme. Es normal que los hijos, si llegaron y los deseamos, se chupen gran parte de la libido. Es normal que la casa, el trabajo, los padres, los amigos, las preocupaciones y el ser adulto nos quiten liviandad. Y es previsible también que se lleven la manta, la trenza y los besos.

Pero también es normal que en algún momento de tu vida reacciones y quieras recuperarlos; con otra forma, pero con la misma intensidad.

La premonición de César.

A veces el sistema te come, y se te mete la Antártida en la diaria. Los besos están secos y cortos; y si te descuidas, hay días que tienen cara de asco. Los abrazos son de madera, con la cola para afuera, no vaya a ser que se encuentren los ombligos. Las risas fuertes o las carcajadas quedaron reservadas para los amigos y las manos se soban bobas, sin fuerza o intención. Los ojos, en cuanto pasan los segundos cómodos, se escapan; y en la cama, lo más probable, es que se te hayan instalado un Husky siberiano y un esquimal.

“Hay que besarse más”, decía Roberto Galán.

“Nunca dejen de tocarse”, me dijo, a mí, alguna vez, el Padre César.

 

*Por María Freytes