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Canalizar las emociones

Canalizar las emociones

A las emociones podemos magnificarlas y que nos dominen, meterlas abajo de la alfombra y terminar cargándolas en el cuerpo; o canalizarlas, o sea, darles su espacio para que hagan en nosotros el trabajo que vinieron a hacer.


En su libro Confianza Total, las autoras Verónica y Florencia de Andrés, nos cuentan que cada emoción nos invita a una acción concreta y nos alientan a transitarlas.

¿Cómo se canalizan las emociones? ¿A qué acción concreta me invita cada emoción? ¿Cuál es el riesgo de no activarnos?

Arranquemos con el enojo. ¿Cuándo aparece? El enojo aparece cuando sentimos que alguien cruza un límite, nos invade o no respeta nuestro espacio. 

¿A qué acción concreta nos invita? El enojo nos invita a la acción de resolver. Nos invita a conocer y a trazar los propios límites con mayor claridad, a decirlos de forma contundente y así evitar nuevas invasiones. El costo de no resolver es quedarnos resentidos masticando bronca.

El aburrimiento es una clara señal de que nuestra rutina necesita un ajuste de clavijas. El aburrimiento nos invita a movernos, a hacer un “recalculando” de las formas y acciones diarias. El riesgo de no movernos puede significar un estado de ánimo apático o de dejadez.

Lo mismo pasa con la culpa, la tristeza e incluso el entusiasmo. Si no les damos sus espacios para desplegarse, podemos terminar llenos de remordimiento, deprimidos, paralizados.

Todas las emociones necesitan ser atendidas. 

Incluso las emociones consideradas “positivas” también necesitan expandirse. Así, la alegría también invita a la acción concreta de celebrar. 

¿Cuántas veces nos pasan cosas buenas y las contamos con la cara seria y el cuerpo dormido? Si perdemos la capacidad de celebrar, corremos el serio riesgo de volvernos grises y opacos o miserables.

Lo mismo pasa con la gratitud. Está bueno decir gracias. Si no agradecemos lo que recibimos, llevaremos una mochila de deudas pendientes y estaremos sembrando en la vereda de enfrente una buena dosis de bronca por la falta de reconocimiento.

Rumi, un reconocido filosofo afgano del siglo XIII, dice en su cuento “La casa de los huéspedes” que a las emociones tenemos que recibirlas en nuestra casa e invitarlas a tomar el té. Solo cuando hayamos aprendido lo que vinieron a enseñarnos, se irán. 

La idea es clara, hay que canalizar las emociones. Vayamos preparando el agua y una buena selección de hebras.

*Por María Freytes